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Saturday, January 3, 2026

VENEZUELA: La caída de un tirano

"Los que creamos el nuevo amanecer, la victoria no es una promesa, es un designio del destino". Nicolás Maduro se las prometía felices en víspera del amanecer que realmente ha cambiado su vida y también la historia de Venezuela. Primero recordó a Simón Bolívar con las palabras que abren esta crónica y luego, en la tarde, recibió en el Palacio de Miraflores al enviado de China para atribuirse sin mayor sonrojo un papel destacado en la construcción de un mundo multipolar "de desarrollo y paz". Apoyado por sus aliados, y fortalecido por las críticas a Donald Trump, todo marchaba a la perfección. En las horas y días previos había cantado y bailado por la paz, emocionado con su jingle "Dont war, yes peace" y su versión cutre del "Dont worry, be happy". Había rodado vídeos, se había puesto las gorras que evocaban el pacifismo, se había conectado a Tik Tok y había disfrutado con las andanzas de su alter ego, SuperBigote, ese supuesto superhéroe capaz de enfrentarse al Imperio y a sus marines. El año había comenzado tal y como sus estrategas querían. En su habitual entrevista con el escritor español Ignacio Ramonet, volvió a tender la mano a Donald Trump y ofreció, esta vez con luz y taquígrafos, los mejores negocios petroleros. El objetivo era claro, pese a las cortinas de humo lanzadas desde el gobierno: la revolución sobrevivirá al Imperio, "hasta el 2000 siempre", como decía Chávez. Y el gran jefe de esa Numancia chavista sería Maduro. Todo ese escenario saltó hecho añicos en la madrugada. Los Delta Force dieron con su paradero secreto y eludieron su anillo de seguridad cubana para capturarlo y subirlo a un helicóptero, junto a su esposa, Cilia Flores. Tal y como sucediera con otro dictador, el panameño Manuel Noriega, el llamado "presidente pueblo" abandonó a la fuerza su país con destino a una calabozo en Estados Unidos. Llegado el momento, se le acabo la suerte al tirano y ahora deberá enfrentar a la justicia. Y es que, llegado el gran momento, de nada le sirvieron sus invocaciones esotéricas ni misas de magia negra, ni esos talismanes con los que cargaban sus edecanes, desde la espada de Bolivar al Pendón de Pizarro. O el anillo con la esmeralda verde que le regaló el polémico Sai Babá. Sus acusaciones por narcotráfico en Estados Unidos son incluso más leves, aunque le pueden costar la cadena perpetua, que los crímenes por los que es investigado por la Corte Penal Internacional: ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones sexuales, desapariciones forzadas y detenciones ilegales. Más allá de sus múltiples delitos, el legado de Maduro jamás será olvidado entre sus gentes. Venezuela bajó a los infiernos varias veces desde que la muerte de su padrino político, Hugo Chávez, le elevara al trono del Palacio de Miraflores en el 2013. Pasado once años, el 10 de enero del 2024, Maduro renovó su condición de dictador tras consumar la usurpación ilegal del poder, de espaldas a un país que le rechazó en las urnas de forma abrumadora. Una coronación revolucionaria, en presencia de los otros autócratas de las Américas, durante la cual el presidente de facto desplegó un vendaval de falsedades durante la hora y media de discurso. Las actas electorales, rescatadas por un ejército de ciudadanos, confirmaron lo que se sentía en cada esquina del país: la abrumadora mayoría democrática. El 28 de julio Maduro sólo obtuvo 3.385.155 votos frente a los 7.443.584 de Edmundo González Urrutia, una de las mayores palizas en la historia electoral del continente. Las distintas series biográficas realizadas para mayor gloria del dictador chavista han dibujado en estos años a un personaje más vivo que inteligente, pero que se hacía el tonto por estrategia y que exageraba los tonos buscando la connivencia popular. Sus únicos estudios de peso los realizó en Cuba, en la escuela de cuadros del Partido Comunista. Por eso fue el elegido por La Habana para sustituir al gran líder, por encima de Diosdado Cabello, siempre sospechoso para el castrismo. Maduro siempre supo estar en el sitio adecuado. Muy cerca de Chávez, como escolta por su tamaño físico, a su salida de la cárcel de Yare. Allí conoció a la abogada Cilia Flores, fundamental para su carrera. El conductor de autobuses y líder sindical tenía su encanto, cuentan los que le conocieron. El típico bromista sin gracia, bailarín de salsa de pies ligeros hasta que el sobrepeso le entorpeció. Hasta lideró una banda de rock. "Mi opinión plena como la luna llena", anunció Chávez en diciembre del 2012 para señalar a su heredero. Lo que vino posteriormente lo saben de sobra los venezolanos, aunque parte del mundo se ha negado a aceptarlo: el derrumbe social y económico del que fuera el país más rico de la región, con la ruptura de récords de pobreza, de escasez alimentaria, de desabastecimiento de productos básicos, de destrucción de la industria petrolera. Y la fuga de nueve millones de venezolanos, una herida tan grande que sólo la caída del chavismo la puede curar. Pese a ello, con ese descaro que define a la familia, Nicolasito Maduro, hijo del sátrapa, reclamó el Premio Nobel de Economía para su padre. Iracundo por la concesión del Nobel de la Paz para la cuestionada María Corina Machado, Maduro también inventó el premio ‘Arquitecto de la Paz’ y se lo concedió, en una reacción que define al milímetro al autócrata que se creyó un césar y termino en la cárcel. Como sabéis, la relación y obsesión de Donald Trump con Venezuela y Nicolás Maduro se vertebra sobre numerosos y muy diferentes ejes, y todos tienen peso específico no desdeñable: el mediático, el personal, el ideológico, el geopolítico, el económico, el migratorio o el petrolero. Trump lleva meses escalando la retórica hacia el régimen bolivariano, subiendo el tono, amenazando con ataques sobre el país, hundiendo lanchas, dando luz verde a la CIA para operar allí, acusando sátrapa de todo tipo de crímenes, de ser el líder de un cártel y por tanto un "narcoterrorista", reclamando sus recursos naturales. La Casa Blanca ha dedicado mucho tiempo y recursos, ha prometido que Maduro iba a caer, y el presidente, que tiene una fijación con su imagen exterior (combinando al mismo tiempo la idea de líder de paz y martillo de enemigos) no iba a quedarse de brazos cruzados. No está vez, aunque implique una vez más ignorar el derecho internacional o al Congreso de su país. EE.UU. impuso sanciones a Caracas en el 2015, cuando el musulmán encubierto Barack Hussein Obama estaba en la Casa Blanca, pero en agosto del 2017, el Gobierno de Trump las amplió, prohibiendo a los bancos estadounidenses comprar bonos del Tesoro venezolano o de la petrolera estatal, Pdvsa. En el 2019, luego de las presidenciales del 2018 que Washington tildó de farsa y fraude, Trump reconoció a Juan Guaidó como presidente, redobló las sanciones económicas, suspendió vuelos y las relaciones diplomáticas se rompieron. Ahora, en su segundo mandato, Trump reconoció a Edmundo González y estrechó lazos con María Corina Machado, que ha aparecido en el podcast de los hijos del presidente y tiene lazo directo con la administración a través de Marco Rubio y su secretario de estado. Desde la campaña electoral del 2024 Trump repitio una y otra vez, de forma obsesiva, que Venezuela ha enviado a decenas, cientos de miles, de criminales a EE.UU. Que ha vaciado sus cárceles y sus psiquiátricos enviando a todos los delincuentes y enfermos mentales al norte, para destruir EE.UU. También afirma que Maduro es el líder del Cártel de los Soles, una organización criminal integrada por altos mandos del Gobierno bolivariano y del ejército con los narcotraficantes. Y con la droga que llega a EEUU, si bien la gran amenaza definida por la Casa Blanca, el fentanilo, no pasa por ahí. Eso no ha impedido que retire el estatus de refugiados a cientos de miles de venezolanos huidos, o que mientras 'cerraba' el espacio aéreo venezolano multiplicase los vuelos con deportaciones de vuelta. O que fuera cambiando las restricciones para que empresas estadounidenses petroleas operasen en Venezuela, escuchando las peticiones o quejas de alguno de sus amigos más conocidos en Miami. El ataque de esta madrugada, llega luego de que Estados Unidos haya efectuado el mayor despliegue naval y militar en décadas en la región, por lo que era complicado argumentar que no iba a conducir a algo si había un portaaviones, destructores, submarinos, helicópteros, cazas y decenas de miles de soldados y marineros frente a las costas venezolanas. Hace un mes, el Gobierno de Donald Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional, un documento que explica los objetivos de la Política Exterior estadounidense, sus prioridades y su cosmovisión. El documento definía detalladamente la agenda para el hemisferio, en un mensaje, que visto lo ocurrido esta noche en Caracas, debería hacer que toda Europa reevalúe las amenazas y advertencias sobre Canadá y Groenlandia. "Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra narcoterroristas, cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un Hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro cruciales; y queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe", decía el texto. En EE.UU. se habla desde la vuelta de Trump de la 'Doctrina Monroe', una mezcla del nombre del presidente actual y del ex presidente James Monroe, quien en 1823 en un mensaje a las potencias europeas, y en especial a la España que perdía territorios, dijo que Washington consideraría "cualquier intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como una amenaza para nuestra paz y seguridad (...), no podríamos considerar ninguna intervención de ninguna potencia europea con el propósito de oprimirlos o controlar de cualquier otra manera su destino, sino como la manifestación de una actitud hostil hacia los Estados Unidos". Es indudable que Trump quiere el control absoluto de lo que EE.UU. considera “su patio trasero”. Quiere el hemisferio solo para EEUU, sin presencia rusa y sobre todo China. No sólo desde el punto de vista militar, sino también político, económico, comercial, de infraestructuras y de recursos. De puertos y del Canal de Panamá. Quiere que los países rompan relaciones con sus rivales estratégicos. Y cree que Venezuela, como Colombia, es eslabón más débil ahora mismo. Fuentes de la Casa Blanca sostienen que el ataque estaba previsto la semana pasada, pero que fue retrasado por cuestiones climatológicas y por los ataques estadounidenses en Nigeria. Pero lo cierto es que ha tenido lugar apenas a unas horas de que Maduro tuviera una larga reunión de tres horas con el enviado especial de China en el que ambos "ratificaron la hermandad" entre ambas naciones. "Sostuve un grato encuentro con Qui Xiaoqi, Enviado Especial del presidente Xi Jinping. Reafirmamos nuestro compromiso con la relación estratégica que avanza y se fortalece en diversas áreas para la construcción del mundo #Multipolar de desarrollo y paz ¡China y Venezuela! ¡Unidas!", escribió Maduro en las redes sociales en sus últimas horas en el poder. Hace dos semanas, Trump el anunció un "bloqueo total y completo de los petroleros sancionados" hasta que Caracas "devuelva a los Estados Unidos de América todo el petróleo, la tierra y otros activos que previamente nos robaron". En todo momento habló del crudo como si fuera un derecho, una propiedad, estadounidense. Al día siguiente, Stephen Miller, uno de los asesores más poderosos y radicales de la Casa Blanca fue mucho más claro: "El sudor, ingenio y esfuerzo estadounidenses crearon la industria petrolera en Venezuela. Su despótica expropiación fue el mayor robo de riqueza y propiedad estadounidense del que hay registros. Estos activos saqueados fueron usados para financiar el terrorismo e inundar nuestras calles con asesinos, mercenarios y drogas". Lo mismo que dice del Canal de Panamá, entregado a las autoridades locales y que Trump afirma que ha sido entregado a su vez a China. Cabe precisar que en Venezuela se juntaban todos los elementos al mismo tiempo. Un líder autoritario que, como Fidel Castro en su momento, se ha convertido en un recordatorio permanente de las limitaciones del poder estadounidense en donde más duele a los halcones, especialmente los que como Marco Rubio tienen relación personal con la zona. Un líder, igual que en Cuba, cercano a Moscú y a Beijing. Y que no "coopera', usando la terminología de la Casa Blanca. Todo eso, unido a la cuestión migratoria, que es la gran obsesión y el eje demoscópico del trumpismo. La cuestión del narcotráfico, aunque haya una doble vara de medir clara y se sostenga sobre datos falsos o exagerados, como por ejemplo la posibilidad de que pequeñas lanchas salidas de la costa de Venezuela pudieran llevar drogas a las costas estadounidenses. Y está la cuestión de los "activos clave", como dice la Estrategia de Seguridad Nacional, y la cuestión de imagen de un presidente que había invertido demasiado en un cambio de régimen y el acceso a "ubicaciones clave" desde el punto de vista geopolítico. Sin Maduro en el poder, es indudable que el régimen terminara por desmoronarse, ya que entre los chavistas se sacaran los ojos para intentar prolongarla, pero ello será imposible. El ocaso de ese régimen asesino instaurado en 1999 ha llegado a su fin. ¿Como terminara? ¿En un baño de sangre en medio de un levantamiento popular o en un golpe militar que devuelva el país a la democracia, secuestrada por Chávez y sus secuaces? Marco Rubio ha anunciado que EE.UU. no invadirá el país ya que su objetivo era la captura de Maduro y su mujer, por lo cual serán los propios venezolanos quienes definan su futuro". (Últimas informaciones dan cuenta que Donald Trump ha afirmado que no permitirá que el chavismo - tras la captura de Maduro - continue en el Poder en Venezuela y, dado el caso, tomará el control del país hasta garantizar una transición segura: "No podemos arriesgarnos a que alguien que no tenga en mente el bien del pueblo venezolano se haga con el control de Venezuela durante décadas. No vamos a permitir que eso suceda" aseveró. Por lo visto, la pesadilla del chavismo pronto llegará a su fín)
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