Contra todo lo que pueden imaginar, las primeras elecciones en el país andino no se realizaron durante la etapa republicana, sino en los felices tiempos del Virreynato. En efecto, en 1808 se había producido un verdadero cataclismo en España: el rey Carlos IV y su hijo Fernando VII habían sido tomados cautivos por el bastardo Napoleón, tras la invasión francesa a la península ibérica. Ante el vacío de poder, los borbones, refugiados en Cádiz, decidieron otorgar representación a las colonias americanas en un intento de evitar la caída de la monarquía. Entonces, en el Perú como en otros lugares de América, se organizaron elecciones para designar a sus representantes ante las cortes gaditanas, los cuales debían elaborar una constitución. Al ser algo inédito, los electores se organizaron rápidamente alrededor de las dos instituciones que más conocían: las parroquias y los cabildos. En aquel tiempo – como en la mayor parte del siglo XIX –, las parroquias eran no solo centros religiosos, sino espacios que articulaban las relaciones vecinales y resguardaban la información poblacional más fidedigna: los registros de bautizo, matrimonio y defunción. Por ello, los primeros procesos electorales giraron alrededor de ellas. “La parroquia era la unidad política, religiosa y social de la república temprana”, afirma el historiador José Ragas. Estas elecciones de representantes a las cortes de Cádiz (1809 y 1810) sirvieron, con matices, como modelo para la mayoría de comicios desarrollados a lo largo del siglo, en medio de incertidumbres y luchas caudillistas. En síntesis, eran elecciones indirectas de dos grados, en las que no se elegían autoridades sino electores. “Se creó una suerte de elección escalonada - explica Ragas - una votación parroquial para elegir a quienes iban a ser los miembros de los colegios electorales provinciales, los que a su vez decidían quién iba a ser el presidente de la República”. En cuanto a la participación, esta se restringió a las élites tanto limeñas como regionales. “En ese momento había una idea jerárquica y vertical de lo que era la representación política –precisa Ragas–, solo votaban los vecinos varones, aquellos que pagaban impuestos, y los que sabían leer y escribir”. Por su parte, en “Historia de las elecciones en el Perú”, libro editado por el historiador Cristóbal Aljovín y el sociólogo Sinesio López, se identifican tres momentos electorales en el siglo XIX: un primer período, entre 1822 y 1827, marcado por la realización de comicios bajo la tutela del Libertador José de San Martín, el primero y el segundo durante la dictadura del infame Simón Bolívar. “Las elecciones de 1822 (para elegir el primer Congreso constituyente) fueron uno de los pocos procesos directos del siglo XIX –escribe Aljovín–, pero estaban circunscritas a las provincias ocupadas por las tropas de San Martín, con el curioso expediente de elegir a los representantes de las provincias controladas por el virrey entre vecinos de estas residentes en Lima”. En cambio, las votaciones para la elección del Congreso de 1825 fueron realizadas de manera indirecta y ahí jugó un papel importante la demoniaca figura de Bolívar. Luego, se establece un segundo período, que va de 1827 a 1851, cuando primaron las elecciones indirectas en un momento político caracterizado por asonadas y revoluciones, en un país en permanente campaña militar y electoral. Como afirma Aljovín, “todo golpe de Estado, al fin y al cabo, se legitimaba a través de las urnas”. En esta época la participación de las poblaciones indígenas fue muy activa, aunque controladas por las élites locales y los caudillos militares en una relación patrón-cliente. En su biografía sobre Ramon Castilla, la historiadora Natalia Sobrevilla refiere que en 1840 existían 58 colegios electorales. No había una lista fija de ciudadanos y se podía votar a discreción, ya que estaba vigente una excepción que permitía el voto a los analfabetos. Así, en 1844, Castilla se hizo con el poder con apenas 1.184 votos, de los 1.358 emitidos por los colegios electorales. Finalmente, se identifica un tercer período electoral, entre 1851 y 1896, cuando se realizaron algunos comicios directos como los de 1855, 1858 y 1860. Lo importante de esta etapa fue que los clubes electorales y partidos empezaron a ser los actores principales del juego político. En las elecciones decimonónicas no existía el voto secreto. Este era abierto y, algunas veces, cantado por los sufragantes. Los votantes debían escribir el nombre de sus candidatos en las cédulas. A veces los llevaban ya impresos y en otras ocasiones se les dictaba en la cola a quienes elegir. Todo esto generaba trifulcas que, muchas veces, terminaban a pistoletazos, o con uno de los bandos raptando las ánforas. Es conocida la frase de González Prada, quien decía que se practicaba la política de “la butifarra y el aguardiente”, es decir, la compra del voto con dádivas. “Lo que sucede - explica Ragas - es que antes de los partidos políticos existían los clubes electorales, grupos de espontáneos que presentaban a sus candidatos. No había nada institucionalizado. Los domingos de febrero, cuando tocaba hacer la votación parroquial, cada uno de estos clubes ponía su mesa en la plaza para que fueran los votantes a elegir. Algunos tomaban la plaza para que solo quedara su mesa y su lista. Eso generaba violencia y corrupción con la compra de los votos”. Al respecto, Aljovín escribe: “Al no existir listas cerradas de candidatos, era usual que aparecieran candidatos sorpresa o que una misma persona pudiera ser elegida en diferentes provincias como congresista. Los candidatos sorpresa constituían un episodio normal en las elecciones de primer grado en que, de manera improvisada, un grupo de ciudadanos terminaba apoyando a alguien inesperado”. Bajo el voto indirecto se eligieron a presidentes tan importantes como el propio Castilla, Fose Balta y Manuel Pardo. Justamente, la de Pardo, el primer presidente civil elegido en el Perú en 1871, fue una votación especialmente masiva. Según consta en su correspondencia, uno de sus mítines en Lima congregó a diez mil quinientas personas, cuando la población capitalina no superaba las 80.000. Sin embargo, el sistema del voto indirecto fue perdiendo prestigio con el transcurrir del siglo XIX. Según el historiador Ragas, había un tema de fondo en su cuestionamiento: en esos años, la población se concentraba en el ámbito rural y en los Andes, y como los colegios electorales se establecían por criterios demográficos, entonces casi siempre las élites de esta parte del país terminaban decidiendo al presidente. Esto era visto con recelo por una creciente élite limeña y costeña surgida con el ‘boom’ del guano. A fines de 1896, tras la revolución de 1895 liderada por Nicolás de Pierola, que derroco a la dictadura de Andrés Avelino Caceres, una reforma puso fin a los colegios electorales y estableció el voto directo, tal como lo conocemos ahora. “La reforma consolidó un cambio que ya se venía dando: desplazar el eje de la política peruana de la sierra hacia la costa”, reflexiona Ragas. Así, la eliminación del voto indirecto marcó el fin de una época. Sin embargo, el voto libre y universal que hoy se aplica, tardarían unas décadas más en ser una realidad. En cuanto a la segunda vuelta electoral, esta surgió en Europa en el siglo XIX y, con el paso de los años, se ha extendido a distintos sistemas democráticos en el mundo. En efecto, la segunda vuelta electoral en que los dos candidatos presidenciales más votados se enfrentan en una nueva elección, solo entre ambos, conocida también como balotaje (del francés ballotage), tiene su origen en Francia. El 2 de febrero de 1832, mediante un decreto del gobierno, se dispuso la elección en segunda vuelta ‘cuando ninguno de los candidatos reúna la mayoría absoluta de sufragios’. El objetivo era reforzar el poder del presidente electo, al otorgarle la legitimidad al ser elegido por más de la mitad del país. Tal sistema también se aprobó en Bélgica (1898), Holanda (1917) y Austria (1929). En Francia, tras 133 años de establecida, la segunda vuelta se aplicó por primera vez para elecciones presidenciales en 1965, cuando Charles de Gaulle venció a François Mitterrand. Acorde con la tendencia mundial, la segunda vuelta se extendió en el mundo y en América Latina desde los años setenta y ochenta. Perú introdujo la segunda vuelta en la Constitución de 1979 y quedó por aplicarse desde las elecciones de 1980, en que se hizo una excepción porque se volvía a la democracia tras la dictadura militar: bastaría más del 36 % de los sufragios y no con el 50 % más un voto. De esa manera, Fernando Belaunde ganó en primera vuelta con 45.37 % de votos válidos. Su oponente aprista Armando Villanueva quedó en segundo lugar. La segunda vuelta se aplicó por primera vez en la historia de las elecciones generales del Perú el 10 de junio de 1990, cuando Kenyo Fujimori venció a Mario Vargas Llosa, quien había ganado en la primera vuelta sin superar el 50 % de votos más uno. Antes, en 1985, Alfonso Barrantes (Izquierda Unida) renunció a ir a la segunda vuelta ante Alan García (Apra), primero en los comicios del 14 de abril con menos del 50% de votos, y le entregó así la Presidencia. Tras la caída del fujimorismo en el año 2000, la segunda vuelta ha venido realizándose desde entonces, siendo los más resaltantes las tres derrotas consecutivas de su hija Keiko Fujimori en las elecciones del 2011, 2016 y 2021, por lo que ahora volverá a intentar llegar a la presidencia el próximo 7 de junio. ¿A la cuarta será la vencida?