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viernes, 5 de junio de 2026

PERÚ: Entre el miedo y la esperanza

Marcada por la polarización, este 7 de junio el país andino se enfrenta a una disyuntiva que marcará su destino: votar entre el cambio prometido por las mayorías desposeídas del Perú que nada tienen, o por el continuismo del modelo neoliberal, que solo ha favorecido a unos cuantos privilegiados, mientras que millones de peruanos sobreviven como pueden en medio de la pobreza más extrema. Hay quienes podrían pensar que para salir de esa situación de miseria en la que viven, elegirían sin dudar la primera alternativa, pero embrutecidos - en el caso de Lima - por la prensa basura y su nauseabunda campaña mediática de demolición del candidato izquierdista Roberto Sánchez, opten de modo suicida por la que representa Keiko Fujimori, que está utilizando los mismos métodos del cual hacía gala su padre durante su régimen dictatorial para que se mantenga el status quo y nada cambie, por lo que en estos comicios, se enfrentaran dos modelos diferentes: el primero, representado por Keiko Fujimori, una política ‘profesional’ - a tal punto que nunca se le ha conocido trabajo alguno - que ha sido primera dama, congresista y fundadora de su propia agrupación política, Fuerza Popular (FP); y su contendor, el psicólogo Roberto Sánchez, quien ha sido ministro de Comercio Exterior y Turismo, actual parlamentario y líder de su partido Juntos Por el Perú (JPP). Pero a pesar de dichos galones, el principal capital político de ambos no proviene de sus trayectorias, sino de los legados que defienden: el fujimorismo y el castillismo, de raíces nada democráticas. Dos herencias que parten en dos al Perú. Por cierto, en su novela Al filo de la navaja, publicada en 1944, William Somerset Maugham retrató el drama interior de un individuo desalentado por el derrumbe del mundo en que vivía. El momento en que debió optar entre quedar atrapado en un pasado que ya no existía o saltar hacia un futuro imprevisible quedó grabado en el título de la obra. Dicha imagen pasó luego al uso coloquial para describir esa situación límite e inevitable frente a la que solo resta decidir, sin saber a ciencia cierta cuál será el resultado. La escena política peruana de estos días muestra un dilema parecido. Como recordareis, la primera vuelta electoral del pasado 12 de abril dejó unas elecciones empañadas por dificultades organizativas, retrasos, desánimo y hasta disparatadas denuncias de ‘fraude’ por parte de un candidato perdedor, que nunca existieron. Tras la borrasca electoral, la situación parece haber vuelto a la normalidad. Pero no a la ‘normalidad’ de un clima de estabilidad democrática capaz de procesar unos comicios difíciles. Ocurre más bien todo lo contrario. Lo habitual en el Perú no es la vigencia de las instituciones y las reglas de juego democráticas, sino una crisis política permanente, acompañada de inestabilidad al límite y deterioro acelerado por obra y gracia del fujimorismo desde el 2018, cuando propicio la obligada renuncia del judío Pedro Pablo Kuczynski, convirtiéndose desde entonces en el poder detrás del trono, una mafia que gobierna el Perú desde el Congreso, colocando y sacando presidentes a voluntad, a pesar de que la candidata y cabecilla de esa organización criminal Keiko Fujimori (alias la Señora K) insista en negarlo mil veces. Ese cóctel pone en riesgo hasta lo elemental. El funcionamiento mínimo de un régimen político basado en la legitimidad de la alternancia electoral, por ejemplo. De esta forma, el ballotage del próximo 7 de junio, zanjará unas elecciones sujetas a las reglas de juego impuestas arbitrariamente por un corrupto y desacreditado Congreso, como parte de un pacto de mutuas conveniencias entre agrupaciones políticas coludidas para mantener el control del poder. El principal beneficiario obviamente, es Fuerza Popular, agrupación heredera de la dictadura que encabezó Kenyo Fujimori durante la década final del siglo pasado. Debido al modo de distribución de escaños, el fujimorismo obtuvo mayoría relativa tanto en diputados como en senadores. La ‘novedad’ será la reinstalación del Senado a tres décadas y media de haber sido suprimida precisamente por la autocracia fujimorista que hoy promueve groseramente su retorno, desconociendo los resultados de un referéndum - donde más del 80% de los ciudadanos rechazo esa posibilidad - pero a los congresistas, como podéis imaginar, no les importo los resultados y coludidos con el corrupto Tribunal Constitucional (TC) - cuyos integrantes fueron elegidos precisamente por el pacto mafioso del Congreso - lo declararon ‘inaplicable’. Para nadie es un secreto que el resurrecto Senado no responde en modo alguno al objetivo de incrementar la representatividad, sino más bien al interés del fujimorismo y sus secuaces para ganar cupos laborales y concentrar influencia política. En la práctica, será un superpoder mediante el cual el Legislativo buscará seguir controlando a un Ejecutivo maniatado y sometido a sus deseos, amenazando al inquilino de Palacio con la vacancia cuando se les dé la gana. En cuanto a la elección presidencial del domingo, esta se definirá entre dos candidaturas contrapuestas que, en conjunto, acaban de conseguir menos del 30% del total de votos válidos en la primera vuelta, por lo cual el 70% de los peruanos no se siente representado por ninguno de los dos. En estos comicios, Keiko Fujimori, convertida luego de un conflicto intestino con su hermano en única dueña de la herencia electoral del exdictador, intentara por cuarta vez consecutiva llegar a la presidencia. Pero en realidad, ya controla muchas cosas desde el 2016, cuando obtuvo 73 escaños parlamentarios de un total de 130, pasando a ejercer un poder desmesurado que desató una tremenda inestabilidad presidencial sin visos de acabar pronto. Pero no contenta con ello, ahora quiere el poder total para no dejarlo jamás. Por culpa del fujimorismo y sus aliados, el Perú exhibe el triste récord de haber tenido nueve presidentes en la última década, con solo dos elegidos directamente en las urnas. El manejo mafioso del actual Congreso muestra la cara inversa del fin del presidencialismo que caracterizó al Estado peruano desde su creación republicana, a inicios del siglo XIX. La actual campaña fujimorista se basa en la cínica promesa de “recuperar el orden” cuando fueron ellos quienes originaron el ‘Kaos’ (con K de Keiko) actual. En un país asolado por la criminalidad, la informalidad y la pérdida de confianza, dicho mensaje busca capitalizar la memoria de eficacia y mano dura vinculada al genocida Kenyo Fujimori. Pero ese cóctel discursivo busca ocultar el legado de corrupción, autoritarismo y violaciones a los derechos humanos que dejó su sangriento régimen. Con su discurso del ‘orden’, Keiko Fujimori aseguro su pase a la segunda vuelta, junto al control de la primera de las minorías electorales actualmente existentes en la política peruana. En medio de la extrema fragmentación política, reflejada en 35 candidaturas presidenciales, el fujimorismo ha podido rearticularse y reaparecer con cierto aparato y presencia territorial. Sin embargo, también sigue generando fuerte oposición y rechazo, los cuales resultarán decisivos en la segunda vuelta. En efecto, el antifujimorismo existente en el país, que ya la derroto en tres ocasiones durante el ballotage - perdiendo frente a Humala, Kuczynski y Castillo - hoy puede volver a repetirse por cuarta vez frente a la opción que encarna Sánchez. Actual congresista de izquierda y exministro durante el régimen de Pedro Castillo, su candidatura proviene de la alianza pragmática de varios grupos de izquierda y nacionalistas interesados en alcanzar alguna cuota de poder. utilizando a su favor el respaldo popular que Castillo obtuvo en los comicios del 2021, donde consiguió irrumpir como un outsider, sacudiendo el tinglado político en el último tramo de la primera vuelta. Con buen cálculo electoral, Sánchez impulsa su campaña llevando el sombrero típico que Castillo exhibió en la elección anterior, ofreciendo indultarlo e impulsar un cambio de rumbo estructural en el país. Esto le permitió captar el voto provinciano, rural y campesino, en lo que ha sido visto para terror de los sectores conservadores, como una repetición de los resultados electorales del 2021. Pero dicho voto no es una simple réplica de los resultados obtenidos anteriormente por Castillo. Su régimen fue una exhibición de falta de rumbo, ineficacia e improvisación, que debió enfrentar, además, la arremetida del Congreso. El corolario de este desastre ocurrió el 7 de diciembre del 2022, cuando Castillo intento dar un autogolpe de Estado que nadie obedeció, regalando a sus opositores del Congreso - que ya conspiraban contra él, junto a grupos empresariales, el Ministerio Público y medios de comunicación, tal como confeso el fujimorista Micky Torres - el motivo perfecto para destituirlo y enviarlo a la cárcel. Posteriormente, a pesar del descrédito de su régimen, Castillo pasó a convertirse en una víctima del sistema, una suerte de mito movilizador que, desde los ojos de sus votantes, especialmente en el sur andino, tiene que ser reivindicado en las urnas. El factor que explica esto se halla en la avalancha del pacto congresal que defenestró a Castillo, así como en el gobierno de quien fuera su exvicepresidenta y sucesora, Dina Boluarte, quien traiciono a sus votantes. Prestándose a ser la herramienta de los enemigos de Castillo, Boluarte asumió la presidencia sin imaginar que ello desataría un levantamiento popular en el sur peruano en exigencia de su renuncia. La respuesta fue una brutal represión estatal causante de medio centenar de muertos, la gran mayoría de origen provinciano e indígena, siendo Boluarte responsable directa de la masacre, pero que ha sido “blindada” tanto por el pacto mafioso del Congreso, como por el Ministerio Publico - también en manos del fujimorismo - para evitar que responda por ello ante la justicia. En cuanto a los comicios, tras pasar a la segunda vuelta, imitando en todo a Castillo, Sánchez necesita ampliar el respaldo político que ya ha conseguido, articulando las expectativas de cambio y rechazo al fujimorismo y la derecha. Esto en medio de un escenario que muestra una fuerte fragmentación socio territorial del voto, ya que, con el derrumbe del sistema de partidos, las ánforas ya no expresan horizontes programáticos o partidarios, sino más bien expectativas subjetivas que mezclan temores y anhelos sobre el presente y futuro. La división territorial de las preferencias electorales muestra el empalme de las diferencias clasistas, étnico-culturales y políticas vigentes en la sociedad peruana. En Lima, la parte costera del Norte y la Amazonía urbana predomina un sentido conservador que busca mantener el modelo de desarrollo neoliberal, expresándose en el respaldo al fujimorismo. En cambio, en las zonas rurales y provincianas, especialmente en el sur andino, prevalece una demanda de cambio y rechazo frontal al fujimorismo, que se expresa en un voto contestario y de izquierda. Este clivaje socio territorial es el que definirá quién será el ganador en las elecciones. Cabe precisar que el mayor perdedor de la primera vuelta fue el conspirador y paranoico Rafael López Aliaga - alias ‘Camarada Porky’ - fracasado exalcalde de Lima y candidato de la extrema derecha, a quien Sánchez superó por poco más de 20 000 votos. Tras denunciar un ‘fraude’ que solo existió en su alcoholizada imaginación, López Aliaga cuestionó a los organismos electorales y promovió movilizaciones, haciendo incluso un llamado a la ‘insurgencia’, para obligarlos a anular los comicios o realizar elecciones complementarias, donde se presentaron dificultades para instalar las mesas de votación. Su rabieta incluyó, además, la exigencia de anular el voto de centros poblados alejados de Lima, mayoritariamente rurales e indígenas, mostrando su desprecio por esos sectores. Esto evidencia una vez más el racismo y clasismo de la derecha peruana con el respaldo de una élite empresarial y mediática, alarmada por los resultados de las urnas, que no se dieron como ellos esperaban, y ahora incluso hablan de quitarles el derecho de votar a las masas indígenas “porque no saben elegir” esperando ilusamente que lo hagan por quienes los oprimen, asesinen y mantienen en la miseria con sus políticas neoliberales. Puestas así las cosas, la campaña de segunda vuelta está llegando a su fin esta semana, luego del debate entre ambos candidatos el pasado domingo, donde Sánchez prácticamente ‘barrio el piso’ con la hija del sátrapa, quien, de una forma patética y una mirada de odio a su contendor, solo se limitaba a leer prometiendo obras millonarias que sabe muy bien que no va a poder cumplir. La interrogante que plantea el desempeño político ya conocido de Keiko Fujimori es hasta qué punto, y de qué forma, buscará concentrar el poder y dar nuevo impulso al modelo de desarrollo neoliberal autocrático legado por su padre, buscando además la forma de intentar eternizarse en el cargo. En el caso de Roberto Sánchez, la gran pregunta es si podrá llevar adelante sus promesas de cambio de ese modelo, sacudiéndose de sus antecedentes políticos pragmáticos e inescrupulosos, para asumir la representación de un bloque popular y de izquierda suficientemente amplio. Precisamente, acaba de presentar un plan de gobierno más moderado, aglutinando a su alrededor a otros sectores para enfrentar la arremetida de la mafia, que se da especialmente de una forma nauseabunda en la prensa basura, reeditando estos días el mismo papel que cumplían durante la oprobiosa dictadura fujimorista, por lo que la democracia peruana, debe hacer frente a esta amenaza que se cierne sobre ella. La polarización en las urnas, repetimos, refleja la encrucijada de unas elecciones situadas al filo de la navaja, entre el riesgo de la regresión al pasado autoritario o a un necesario cambio de rumbo. Si aun estas Indeciso, recuerda que el voto por Keiko es a favor de la continuidad de la corrupción, la delincuencia y el caos que ellos mismos originaron. No se le puede dar todo el poder, ya están viendo las barbaridades que está haciendo desde el Congreso. Por ello, este 7 de junio vota sin miedo y con alegría ... ¡Fujimori nunca más! (A tener cuidado con la jefa de la Yakuza, quien amenaza con desconocer los resultados si no gana los comicios. Habrá que estar atentos a sus intentos desestabilizadores)
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