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sábado, 29 de agosto de 2026

CUBA: Camino al colapso

De manera involuntaria, los cubanos son expertos veteranos en el arte de esperar: colas para recibir la misera ración de un pan del día, colas para esperar durante horas viejos y destartalados autobuses que siempre van abarrotados, colas para recibir con su tarjeta de racionamiento, un puñado de frejoles y una mano de plátanos para que les alcance - quien sabe cómo - para todo el mes, colas para intentar obtener las visas para irse de ese país sometido a una cruel dictadura comunista desde 1959, donde el 97% de sus habitantes vive en la pobreza extrema y en el cual, los únicos privilegiados son los de la camarilla castrista, que se vale de una sangrienta represión para acallar cualquier protesta. Desde que la pandemia sumió a la isla en una profunda crisis y en especial desde que el gobierno de Donald Trump instituyó en enero un bloqueo petrolero de facto contra Cuba (a lo que se debe sumar que la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro a inicios de este año, privo al país del vital petróleo que el régimen chavista les regalaba para poner en funcionamiento sus vetustas centrales eléctricas), ese ejercicio diario se ha convertido en una asfixia lenta. Su capital, La Habana, es un espejo de un país en ruinas, con casas que se derrumban por todas partes, como si hubiera sido víctima de un bombardeo, con sus calles infestadas de basura, y cuyos habitantes apenas disponen de luz y agua por una hora al día. Ahora los cubanos hacen de todo para sobrevivir. Mujeres que se prostituían a lo largo del viejo Malecón de La Habana en espera de los ansiados dólares o euros de los turistas que les sirva para comprar comida en el mercado negro. Pero ahora, que el turismo ha desaparecido, ya ni eso pueden hacer. Son 67 años de una pesadilla que no tiene cuando acabar. A pesar de ser una isla rodeada por el mar, tienen prohibido pescar, ya que podrían utilizar los botes para escapar. Es así, que mientras rebuscan entre los desperdicios algo que llevarse a la boca, esperan alimentos importados y medicamentos de venta libre que les envían sus familiares en el extranjero, aunque claro, la mayor parte se lo queda el régimen, para su uso y disfrute. Ni que decir de las remesas de dólares, que igualmente terminan en manos de la camarilla comunista y les entregan a cambio, pesos cubanos que no sirven para nada. Esperan además impacientes el regreso de la electricidad, o una brisa tenue en medio del opresivo calor del verano que les permita a sus hijos dormir un par de horas. Más que nada, los cubanos esperan señales de que Washington o su propio gobierno encontrarán una salida a su miseria actual; de que por fin podrían vivir en un país normal, sin seguir atrapados por décadas de políticas autoritarias, mala gestión económica y un régimen criminal que se resiste a abandonar el poder. Ni la nauseabunda propaganda en los medios propalada - cuando tienen luz - por el títere Miguel Díaz-Canel (ya que quien realmente manda allí es Raul Castro) que define ese desastre como “resistencia creativa frente al imperialismo”, puede ocultar que el pueblo cubano está siendo empujado a los límites de lo que puede soportar. La incertidumbre ha hecho que distintos actores depositen sus esperanzas en una serie de futuros posibles: la violenta caída del régimen comunista, una transición a la democracia negociada y respaldada por Estados Unidos o una acción militar que conduzca a Cuna a una especie de ‘protectorado’ estadounidense, siguiendo el modelo más reciente de Venezuela. Pero el escenario más probable es que la espera continúe: un estancamiento prolongado en el que los cubanos comunes pagan el precio. Algunos, en particular dentro de la diáspora cubana, esperan que se repita en Cuba el equivalente de lo que ocurrió en Europa del Este en 1989, cuando los regímenes comunistas cayeron en toda la región - uno detrás de otro - cual frutas podridas de un árbol carcomido hasta sus raíces. En consecuencia, aunque con una coordinación insignificante con los cubanos en la isla, líderes de la comunidad cubanoestadounidense han desempolvado, actualizado o redactado nuevos planes para una transición democrática que ilusamente esperan, ya que desde el régimen han asegurado que “morirán matando”. Cabe precisar, durante gran parte de esta primavera, no estaba claro que 1989 fuera el paralelo histórico que el gobierno de Trump tenía en mente. En comunicaciones directas con el nieto de Raul Castro y miembros de la siniestra cúpula de seguridad de Cuba, el secretario de Estado Marco Rubio t el director de la CIA, John Ratcliffe, señalaron su disposición a permitir que algunas de sus actuales autoridades comunistas se mantuvieran en el poder - al igual que lo sucedido en Venezuela - “siempre y cuando La Habana relajara el control estatal sobre la economía, liberara a los presos políticos y eliminara los vínculos e seguridad con los adversarios de Estados Unidos”. No obstante, desde mayo, tal como lo adelantamos líneas arriba, la posibilidad de tal acuerdo se ha desvanecido. A medida que Cuba se ha negado a aceptar las exigencias de Washington de un cambio significativo en el liderazgo, el gobierno estadounidense ha implementado sanciones secundarias que han obligado a muchas empresas hoteleras a retirarse de la isla. Ni el denominado “paquete de liberación económica” anunciado en junio, ni la liberación en julio del preso político de más alto perfil del país, el artista Luis Manuel Otero Alcántara, han logrado que Trump ceda. Este estancamiento ha reforzado las sospechas de que, desde el principio la intención del gobierno estadounidense era infligir la mayor cantidad de dificultades económicas, no para provocar concesiones, sino para crear las condiciones propicias para un malestar social generalizado que provoque la violenta caída de la dictadura comunista. A menudo, el verano ha sido la temporada de agitación política en Cuba, desde el Maleconazo de 1994, en medio de la depresión económica postsoviética, hasta las marchas nacionales contra el régimen del 11 de julio del 2021, en lo peor de la pandemia del Coronavirus. Los recientes colapsos de la red eléctrica han traído nuevas señales de ira pública. Los cacerolazos vecinales – ruidosas sesiones en la que se golpean cacerolas – y los bloqueos de calles ya inundados de toneladas de basura, a los que les prenden fuego todas las noches. Una dispositiva mostrada por error durante una comparecencia televisada del régimen, revelo que los funcionarios están preocupados por “un estallido social”. Sin embargo, una inestabilidad creciente no basta para que se repita en la isla lo de 1989 en Europa del Este, donde el colapso de sus regímenes comunistas no solo dependió del descontento popular, sino también de divisiones dentro de la elite gobernante y de grupos opositores con bases significativas. Hasta ahora, el criminal aparato coercitivo del régimen permanece intacto, la amenaza de represión ha debilitado el alcance de cualquier oposición y la emigración masiva sigue sustituyendo a la movilización masiva, con hasta dos millones de cubanos desde el 2025 simplemente ha redirigido a cientos de miles de migrantes hacia otros destinos. Si las penurias internas no presagian automáticamente el colapso del régimen. Podría ser tentador concluir que el cambio solo puede venir de afuera, con una intervención militar que derroque a la tiranía. Precisamente, durante semanas, el gobierno de Trump ha estado lanzando indirectas de una inminente acción militar al presentar a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional, citando los lazos de inteligencia de La Habana con Beijing y Moscú, su adquisición de drones de Irán y su papel en lo que el Departamento de Estado llama la subversión hemisférica pasada y presente, donde los cubanos han tenido y tienen participación. Es más, la imputación de mayo contra Raul Castro a quien acusa de participar en el derribo de 1996 de dos aviones civiles cubanoestadounidenses, también proporciona un motivo para su captura al estilo de lo que sucedió con Nicolás Maduro. Sin embargo, cualquier intervención estadounidense traería a la mente un paralelismo histórico distinto: 1898, el inicio de una ocupación militar estadounidense de cuatro años que dio origen a una Cuba, subordinada completamente a los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos, tal como sucede ahora con Venezuela. Pocos observadores esperan seriamente otra ocupación total de la isla por los estadounidenses. Pero la historia no necesita necesariamente repetirse literalmente para rimar con los viejos estribillos imperiales. Donald Trump ha planteado públicamente una “toma de control amistosa” de la isla. Al forzar la salida de los principales operadores hoteleros de la isla y otros socios del régimen cubano, las sanciones secundarias del gobierno han devaluado los activos de la isla y, potencialmente, han dejado el camino libre para que empresas estadounidense las adquieran a precio de remate. Mientras tanto, el nieto de Castro, que no ocupa ningún cargo de liderazgo formal en Cuba, en la práctica ha declarado que la isla está abierta a los negocios y ha expresado su disposición a negociar directamente con Trump, dejando en ridículo a Diaz-Canel, mostrándolo como un fantoche que no tiene poder alguno. Pero aceptar a un miembro de la odiada familia Castro como el equivalente de la venezolana Delcy Rodríguez, podría resultar inaceptable para muchos en la Casa Blanca, empezando con Rubio. Pero el patético “ejemplo” venezolano ofrece un precedente aleccionador; una acción militar en Cuba tal vez no garantice la democracia, sino “un Nuevo Orden” en la que el secretario de Estado opere como una especie de virrey, trabajando con un círculo cercano para repartirse el botín, convirtiendo de hecho a Cuba en un “protectorado” estadounidense como sucedió con Venezuela. Por ahora, todos esos escenarios resultan más imaginarios que inminentes. Incluso ante la ausencia de otros salvavidas extranjeros, los cubanos no han mostrado disposición alguna a cumplir las órdenes de Washington. Al régimen comunista tampoco se le ha ofrecido una vía de escape ni impunidad para sus crímenes, por lo que cumplir con las exigencias de Trump equivaldría a negociar la propia desaparición de la dictadura y sus integrantes terminar o bien muertos o en la cárcel, porque la venganza de los exiliados que retornarían a la isla sería terrible. Muchos de ellos han declarado que, una vez caído el régimen, no descansaran hasta colgar a Diaz-Canel, Raul Castro y toda la camarilla comunista que desde 1959 se apoderaron de la isla. “Para ellos no habrá perdón” es la frase que se repite insistentemente en Miami. En tanto, el margen de maniobra de Washington también está restringido. A pesar de los recientes informes sobre un nuevo grupo de trabajo sobre Cuba en la CIA, una escalada militar corre el riesgo de enredar a Estados Unidos en otro problema aun mayor que en Venezuela, en un momento en que Washington vuelve a estar enfocado en su agresión criminal a Irán. Los costos políticos internos de un nuevo enredo en Cuba también podrían pesar mucho de cara a las elecciones de medio mandato en otoño. Eso deja a ambas partes atrapados en un patrón de tira y afloja, de empujes y tirones, en el que cada uno busca que el otro haga primero una concesión verdaderamente significativa. Pero ni Estados Unidos ni Cuba van a ceder en sus posiciones y ello los conduciría a un enfrentamiento directo, algo que podría beneficiar a Trump ante sus electores, presentándolo como un incansable “luchador por la libertad” cuando de ello nada tiene, pero, aun así, puede engañar a muchos, siempre y cuando ello suceda antes de los comicios de noviembre. Mientras ello no ocurra, los cubanos que aún padecen esa tiranía criminal, no pueden seguir sufriendo hasta el infinito. Los gobiernos pueden darse el lujo de seguir jugando a esperar. Los cubanos comunes que ni tienen que comer, no.
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