Fue el mayor levantamiento indígena contra el poder colonial español en América Latina, y que, si bien no logro sus objetivos, su legado resuena hasta hoy como símbolo de resistencia frente a la opresión. Liderado por José Gabriel Condorcanqui Noguera, adopto el nombre de Túpac Amaru II al ser descendiente de Túpac Amaru I, el ultimo inca de Vilcabamba, ejecutado por el virrey Toledo en 1570. Nacido en el mes de marzo del año 1740 en la provincia de Tinta, heredó los cacicazgos de Pampamarca, Tungasuca y Surimana y una importante cantidad de mulas, que lo convirtieron en un cacique de buena posición económica dedicado al transporte de mercaderías. El mismo fue testigo del trato brutal y de los abusos que sufrían los indios a manos de los españoles. Al viajar a Lima, denuncio los esfuerzos inhumanos a que eran sometidos. Pedía también el fin de los obrajes, verdaderos campos de concentración donde se obligaba a hombres y mujeres, ancianos y niños a trabajar sin descanso. Condenaba particularmente el sistema de repartimientos, antecedente del bochornoso pago en especie. Pero la Audiencia de Lima, compuesta por encomenderos y mineros explotadores, ni siquiera se dignó a escuchar sus reclamos, por lo que, al no ser escuchado, a su regreso al Cuzco, opto por la rebelión contra la Corona Española. La independencia propuesta por Túpac Amaru II no era sólo un cambio político, implicaba modificar el esquema social vigente en la América española. Su movimiento produjo una profunda conmoción en el Perú, grandes transformaciones internas y amplias resonancias americanas. Los elevados impuestos y los nuevos repartimientos realizados a la llegada del virrey Agustín de Jáuregui decidieron a Condorcanqui a comenzar la rebelión. La ocasión se presentó cuando el obispo criollo Moscoso excomulgó al corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, individuo particularmente odiado por los indios. El 4 de noviembre de 1780, Túpac Amaru II, con su autoridad de cacique de tres pueblos, mandó detener a Arriaga, y lo obligó a firmar una carta donde pedía a las autoridades dinero y armas y llamaba a todos los pueblos de la provincia a juntarse en Tungasuca, donde estaba prisionero. Le fueron enviados 22.000 pesos, algunas barras de oro, 75 mosquetes, mulas, etcétera. Tras un juicio sumario, Arriaga fue ajusticiado en la plaza de Tungasuca el 10 de noviembre por un esclavo negro, quien le arranco previamente su uniforme en señal de degradación. Al conocerse la noticia en el Cuzco y desoyendo los consejos de que espere los refuerzos que llegarían desde Lima, el Corregidor Cabrera logro juntar unos miles de hombres y creyendo fácil la victoria, partió en busca de Tupac Amaru II, prometiendo “traerlo en cadenas”. Fue así como el 18 de noviembre de 1780 se produjo la batalla de Sangarará. En este combate, los rebeldes derrotaron completamente al ejército realista, al mando del vengativo Cabrera, quien perdió la vida al ser quemada la iglesia donde se refugió tras su derrota. A partir de entonces, la rebelión tomó un carácter más radical. El pánico se apodero del Cuzco, donde se temía un ataque inminente, ya que los rebeldes parecían imparables y ávidos de venganza. Al respecto, Manuel Godoy, estrecho colaborador del rey Carlos IV, cuenta en sus memorias: “Nadie ignora cuánto se halló cerca de ser perdido, por los años de 1780 y 1781, todo el Virreynato del Perú y una parte del de la Plata, cuando alzó el estandarte de la insurrección el famoso Condorcanqui, más conocido por el nombre de Túpac Amaru”. Pero tras el triunfo de Sangarará, Túpac Amaru II cometió el error de no marchar sobre el Cuzco, que estaba indefensa, como le aconsejaba su compañera y lugarteniente Micaela Bastidas para coronarse como Inca en el Coricancha, prefiriendo dirigirse a Puno esperando que los indígenas se sumaran a su causa. Pero, estos pertenecientes a la etnia de los aymaras, rechazaron unirse a los quechuas cuzqueños, sus enemigos ancestrales. Entretanto, el virrey Jauregui lograba reunir en Lima un ejército de 17.000 hombres al mando del visitador general, José Antonio Areche, quien partió rápidamente al Cuzco, aprovechando que el rebelde se encontraba en el Altiplano, logrando llegar antes que el propio Tupac Amaru II, quien, decepcionado de los aymaras, habiendo perdido valioso tiempo en el Altiplano, dio media vuelta y se dirigió a la antigua capital de los incas, que ya estaba sólidamente defendida. Y es que con la llegada al Cuzco del visitador Areche y el inspector general José del Valle, la situación se desequilibró en perjuicio de los rebeldes. Túpac Amarú II intentó todavía dar un golpe de mano atacando primero, pero el ejército realista fue advertido por un prisionero escapado y el golpe fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la desigual batalla entre los dos ejércitos. Según un parte militar “fueron pasados a cuchillo más de mil indios y perseguidos el resto que abandonaban el campo de batalla, siendo liquidados en su huida”. Al verse perdido, Túpac Amaru II intentó darse a la fuga, pretendiendo refugiarse en sus dominios de Tinta, pero fue traicionado por su compadre Francisco Santa Cruz, que entrego al rebelde y su familia a los españoles, quienes los trasladaron al Cuzco. Una vez llegados, el visitador Areche entró intempestivamente en su calabozo para exigirle, a cambio de promesas, los nombres de los cómplices de la rebelión. Pero este le contestó con desprecio: “Nosotros dos somos los únicos conspiradores; Vuestra merced por haber agobiado al país con exacciones insoportables y yo por haber querido libertar al pueblo de semejante tiranía”. Areche ordeno entonces que Túpac Amaru II fuera sometido a las más horribles torturas durante varios días para que confiese. Se les ataron las muñecas a los pies. En la atadura que cruzaba los ligamentos de manos y pies fue colgada una barra de hierro de 100 libras e izado su cuerpo a 2 metros del suelo causándole el dislocamiento de uno de sus brazos. Pero Túpac Amaru II no delató a nadie. Se guardó para él y la historia los nombres de los otros comprometidos en su causa. El visitador Areche debió reconocer el coraje y la resistencia de aquel hombre extraordinario en un informe al virrey donde dejaba constancia de que, a pesar de los días continuados de tortura, “el inca tiene un espíritu y naturaleza muy robusta, así como una serenidad imponderable”. El 17 de mayo de 1781 Túpac Amaru II fue condenado a muerte. La condena alcanzó a toda su familia, ya que la sentencia recomendaba que fuera exterminada toda su descendencia, hasta el cuarto grado de parentesco. A continuación transcribimos textualmente el relato de la muerte de la familia Túpac Amaru contada por sus propios verdugos: “El viernes 18 de mayo de 1781, luego de haber cercado la plaza con las milicias de esta ciudad del Cuzco… salieron de la Compañía nueve sujetos que fueron: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo, Antonio Oblitas (el que ahorcó al Corregidor Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco Túpac Amaru; Tomasa Tito Condemayta, cacica de Arcos; Hipólito Túpac Amaru, hijo del traidor; Micaela Bastidas, su mujer, y al final, el propio insurgente, José Gabriel. Todos salieron a un tiempo, uno tras otro. Venían con grillos y esposas, metidos en unos zurrones, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron al pie de la horca, y se les dieron por medio de dos verdugos, las siguientes muertes: A Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó llanamente. A Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito, se les cortó la lengua antes de arrojarlos de la escalera de la horca. A Tomasa Tito Condemayta se le dio garrote en un tabladillo con un torno de fierro… habiendo el indio José Gabriel y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca. Luego subió Micaela al tablado, donde asimismo en presencia del marido se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos, echándole lazos al cuello, tirando de una a otra parte, y dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar. Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Le ataron las manos y pies a cuatro lazos, y asidos éstos a las cinchas de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se ha visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo luego que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador Areche, para que no padeciese más aquel infeliz, despachó de la Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Luego se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las mujeres, y a los demás les sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos pueblos. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera, en la que fueron arrojados y reducidos a cenizas que se arrojaron al aire y al riachuelo que allí corre. De este modo acabaron con José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto que se nominaron reyes del Perú, Quito, Tucumán y otras partes…” Dice Valcárcel que, en ese momento, el pequeño Fernando Túpac Amaru de 10 años de edad, quien fue obligado a presenciar el sacrificio de sus padres y hermanos, “dio un grito tan lleno de miedo externo y angustia interior que por mucho tiempo quedaría en los oídos de aquellas gentes…”. Luego de la ejecución de Túpac Amaru II, las autoridades españolas se vieron obligadas a aplicar varias de las reformas económicas y administrativas para evitar nuevos levantamientos. Por ejemplo, se eliminó la figura del corregidor y se crearon las intendencias y la Audiencia del Cuzco. Pero a pesar de su sangriento final, el espíritu de Túpac Amaru II perduró. Su lucha sirvió de inspiración para nuevos levantamientos en el Cuzco y más allá. En abril de 1781, los indígenas de las provincias cercanas se unieron en apoyo a Diego Cristóbal, primo de Túpac Amaru II. La llama de la rebelión no se extinguió, y el eco de sus ideales reverberó en lugares lejanos, como Nueva Granada y Rio de La Plata, donde la agitación social se avivó con los ecos de su resistencia. Así, Túpac Amaru II se convirtió en un símbolo de la lucha indígena y el anhelo de libertad en el continente americano. Su vida y su sacrificio continúan resonando en la memoria colectiva, recordándonos que la búsqueda de justicia y dignidad nunca cesa. Su legado permanece vivo, no solo en la historia del Perú, sino en la lucha de todos los pueblos por su derecho a la autodeterminación y la libertad.