Con la captura del dictador Nicolás Maduro por parte de los EE.UU. el pasado 3 de enero, estamos asistiendo en vivo y en directo al trato degradante al cual es sometido por el presidente estadounidense Donald Trump la camarilla chavista que ha quedado al mando del país, que ciegamente cumple sus órdenes para no tener un destino peor al del sátrapa y su mujer, quienes esposados y vistiendo trajes de reos, están siendo ridiculizados ante el mundo. ¿Dónde están aquellos como Diosdado Cabello que gritaban desaforadamente “Ni una gota de petróleo a los EE.UU. sí nos agreden” o esta otra más grotesca, “rodilla en tierra mi comandante” para que ahora de manera temblorosa, accedan a entregarle 50 millones de barriles a los EE.UU.- de los cuales, por cierto, no verán un centavo - que les ordeno Trump, así como empezar a poner en libertad a los presos políticos que desde hace años el régimen chavista mantenía encarcelados en El Helicoide, sometidos a brutales torturas. Y estas humillaciones recibidas son solo el comienzo del trato que van a recibir de ahora en adelante - mientras les sirvan - de parte de aquel megalómano que busca tener el control total del petróleo venezolano “de manera indefinida”. Muertos de miedo, efectivamente están de rodillas ante quien ha enterrado al chavismo en el basurero de la historia. Como sabéis, en la esquizofrénica Venezuela de hoy conviven dos discursos. Uno, hacia el exterior del país, lo dejó por escrito Delcy Rodríguez y habla de trabajar “de manera conjunta” con Estados Unidos, mientras se silencia la decisión de Washington de controlar los recursos energéticos y obligar a comprar solo productos estadounidenses con ese dinero, demostrando quien es el que manda ahora en el país, y otro discurso al interior, en el que se concentra el poder ejecutivo y legislativo en una sola familia: los Rodríguez, y acentúa el modelo represivo. Para los de casa, el discurso es otro: el mensaje de Delcy es que “nada ha cambiado” y que la revolución sigue su paso “más firme que nunca”, que incluye la purga en busca de los cómplices de la vergonzosa incursión estadounidense en el corazón de Caracas, que terminó con al menos 80 soldados venezolanos y 32 mercenarios cubanos - del círculo de seguridad de Nicolás Maduro - muertos, según cifras oficiales de Caracas y La Habana: ninguno del otro lado y el sátrapa y su mujer presentados en un tribunal de Nueva York a las pocas horas. En ese sentido, el chavismo filtró el nombre del primer detenido de peso: el general Javier Marcano Tabata. El militar más cercano a Maduro fue detenido el martes, señalado como uno de los grandes traidores, en su necesidad de exhibir cabezas que expliquen por qué los radares no funcionaron o por qué resultó inútil la millonaria inversión en aviones de combate y sistemas de comunicación que ni siquiera llegaron a ponerse en marcha aquella noche. Hasta el día de su detención, Marcano era el jefe de la Guardia de Honor Presidencial y director de la DGCIM, el cuerpo de inteligencia venezolano que durante muchos años estuvo dirigido por Hugo ‘El Pollo’ Carvajal. Para su detención ni siquiera esperaron a que llegara a su casa: el arresto se produjo en pleno hemiciclo de la Asamblea Nacional y de ahí fue conducido directamente al calabozo, luego de un confuso intercambio de disparos la noche de Reyes frente al Palacio de Miraflores, en el que drones y soldados se dispararon mutuamente. Se ha sabido luego que el incidente, nunca aclarado oficialmente, tuvo que ver con la detención del general Marcano. Fuentes de inteligencia señalan que Marcano está acusado de facilitar la ruta para la captura del dictador. Su participación - afirman - consistió en haber entregado a Estados Unidos las coordenadas exactas donde dormían Nicolás Maduro y Cilia Flores, así como en señalar los puntos ciegos del anillo de seguridad cubano-venezolano que los protegía. Según estos informes, él era el hombre infiltrado por Estados Unidos, y añaden que detectaron la existencia de comunicaciones cifradas entre el general y agencias de inteligencia extranjeras desde semanas antes del 3 de enero. Superado el susto inicial, el temor a una nueva incursión de la Delta Force sigue siendo una amenaza real que el entorno de Trump se encarga de agitar periódicamente. Es por eso que, para reemplazar a Marcano, Delcy Rodríguez ha decidido rodearse de los duros y ha elegido como nuevo comandante de la Guardia de Honor Presidencial al general Gustavo González López. El primer nombramiento de la presidenta fue ministro de Interior y director del siniestro Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) hasta finales del 2024. Cabe precisar este organismo criminal es la policía política del régimen, encargada, entre otras cosas, de la tenebrosa cárcel del Helicoide, símbolo de torturas y represión a los opositores. Organizaciones internacionales y de derechos humanos han acusado en el pasado a González López de múltiples abusos durante su gestión al frente del Sebin, lo que terminó en sanciones por parte de Estados Unidos y la Unión Europea. “Es uno de los duros. Su nombramiento no manda ninguna señal de cambio”, sostiene el diputado opositor Stalin González, en sintonía con el doble lenguaje dentro y fuera de Venezuela que sostiene el chavismo. Según un medio independiente venezolano, González López está incluido en la lista de sancionados del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Pero no solo se trata de silencio. El reacomodo de los hombres que rodean a Delcy Rodríguez está enfocado más en satisfacer a Estados Unidos que en plantarle cara. Otro de los nombramientos de las últimas horas fue el de Calixto Ortega, designado vicepresidente de Economía. El perfil de Ortega Sánchez es el de un hombre leal a la ‘presidenta’, formado en Estados Unidos, con una maestría en Columbia, un MBA en Energía de la Escuela de Negocios de la Universidad de Rice y estudios en Banca y Finanzas en la Universidad de Londres. Antes de ponerse al frente de la cartera económica, Ortega fue cónsul de Venezuela en Nueva York (2013–2017) y Houston (2008–2013), además de delegado ante el Comité Administrativo y Presupuestario de las Naciones Unidas durante un breve periodo en 2007. Ortega Sánchez tiene el objetivo de atender los requerimientos de Washington sin hacer excesivo ruido, mientras trata de sacar de la UCI a la maltrecha economía venezolana, con una desvalorización de la moneda local de casi un 500%, que aviva los temores de hiperinflación. Mientras el madurismo sin Maduro pretende hacer creer que tiene el control de la situación en el país, buscando afirmarse mediante la represión en las calles, con grupos de motorizados armados con metralletas campando a sus anchas por Caracas amenazando con matar a todos aquellos que salieran a celebrar la captura del tirano, la realidad al exterior se acomoda al tutelaje estadounidense para intentar sobrevivir. Aunque Cabello amenazó en días pasados con cortar todo el suministro de petróleo a Estados Unidos en caso de cualquier agresión -“ni una gota”, repetía incesantemente -, la realidad es que la nueva administración venezolana guarda silencio ante los humillantes anuncios de Trump y Marco Rubio, que señalan que todos los recursos energéticos venezolanos quedarán bajo su control. Las autoridades venezolanas también han tragado en silencio el anuncio de Donald Trump, cuando aseguró que las “autoridades interinas de Venezuela enviarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo”. En ese tablero, Delcy enfrenta un dilema político como existencial; la necesidad de sobrevivir siendo útil. La utilidad de lo imperdonable. Es el destino habitual de quienes administran la fase tardía de los proyectos absolutistas, terminan siendo más necesarios que queridos, más visibles que protegidos. La lógica del poder autoritario es cruel pero predecible; cuando la estructura se siente amenazada, no protege a sus mejores escuderos, los utiliza como parapetos. No cuida a sus piezas, los coloca en la línea de fuego. Hoy se les exige diciplina absoluta y eficacia en la contención; mañana, se convertirán en los sacrificios ejemplarizantes necesarios para salvar al resto del cuerpo o pactar una salida. En efecto, cuando ya no les sea útil, será expectorada por Washington y enfrentará a la justicia. Su situación es, en esencia, una tragedia política. No porque sea una víctima, lejos está de serlo, sino porque es consciente de su precariedad. Sabe que no representa una promesa de futuro ni para el chavismo de base ni para la oposición, sino simplemente la contención momentánea del inevitable colapso. Sabe que no administra esperanza, ni gestiona expectativas de renovación, sino que administra tiempo mientras puede. Y en política, este puede ser un aliado formidable, pero se convierte en el juez más severo cuando se agota. En última instancia, a lo que Rodríguez se enfrenta no es solo a un adversario político concreto, sino a una verdad histórica recurrente, llega a un punto de inflexión en que el poder ya no se ejerce para transformar la realidad, sino únicamente para retrasar lo inevitable, intentando no perderlo todo en la caída. En ese instante crepuscular, los rostros visibles del régimen dejaran de ser activos estratégicos para convertirse en recordatorios incomodos de todo lo que salió mal. La historia rara vez es indulgente, por el contrario, suele ser implacable con quienes confunden la permanencia en el cargo con la fortaleza real. Y es aún más dura con quienes creen que el silencio externo y la obediencia interna bastan para garantizar la supervivencia política más allá del derrumbe. Asimismo, casi nunca protege a quienes, creyendo servir al poder hasta el final, terminan personificándolo justo cuando este comienza a resquebrajarse irreversiblemente. El poder tiene capacidad de resistencia, sí. Pero muy poca gratitud. Y Delcy, hoy, en la soledad de su utilidad, lo sabe mejor que nadie. Su destino, como el resto de la camarilla chavista aun libre, está marcado. Es indudable que Trump los ha dejado en el poder para humillarlos hasta el infinito. Ahora mismo son sus tristes monigotes y mueven la colita cuando se lo ordena. Y el que se porte mal, va directo a compartir celda con Maduro. Ver como Venezuela se va convirtiendo en un Protectorado de EE.UU. es la expresión más profunda del fracaso histórico del chavismo y del “socialismo del Siglo XXI”.