Retrocedamos un poco en el tiempo: Corría el año 1989 y el Perú asistía a la mayor crisis económica de su historia. A la hiperinflación heredada del (des)gobierno aprista de Alan García Pérez, se sumaba la arremetida terrorista de Sendero Luminoso - de inspiración maoísta y liderada por Abimael Guzmán - así como una profunda desafección ciudadana hacia los viejos y corruptos partidos políticos tradicionales. Está crisis múltiple fue el caldo de cultivo que permitió el ascenso de un outsider llamado Kenyo Fujimori; un completo desconocido, un verdadero “intruso” al sistema político que atizando demagógicamente un discurso antisistema, con el lema “Honradez, Tecnología y Trabajo” salió de la marginalidad electoral y terminó - con el abierto y desvergonzado apoyo del régimen aprista - imponiéndose en la segunda vuelta presidencial de 1990 al candidato conservador Mario Vargas Llosa, del FREDEMO, quien fracaso en su intento de asumir la Primera Magistratura de la Nación (ello debido a que en lugar de postular con su Movimiento Libertad, prefirió aliarse con dos momias políticas como Fernando Belaunde y Luis Bedoya Reyes, cuyo cogobierno de 1980 a 1985 fue un completo desastre, terminando en sonados casos de corrupción).... El resto es historia harto conocida: el “chino” - como Fujimori también era conocido, aunque su ascendencia es japonesa - traiciono a todos y embarcó al Perú en una década de autoritarismo, con violaciones sistemáticas a los derechos humanos en su arremetida frontal contra los grupos terroristas Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, acompañado además de una corrupción endémica que a la postre condujo a su caída el año 2000. Sin embargo, el fujimorismo que el creo, logro sobrevivir al colapso de su régimen y todavía persiste en los cimientos del inestable sistema político peruano. Por cierto, cabe precisar que en su autobiografía publicada en el 2021 “La Palabra del Chino: El Intruso”, el mismo Fujimori reconstruyo las condiciones que le facilitaron llegar y consolidarse en el poder, siendo la más importante, sin lugar a discusión, el autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992 también conocido como el fujimorazo. Ese día, tras una alocución en cadena nacional, Fujimori suspendió el Poder Judicial, militarizó los medios de comunicación y disolvió el Congreso, un episodio de gran resonancia en América latina y del que recientemente se conmemoraron 34 años. Como recordareis, para las elecciones de 1990 el Congreso peruano era bicameral y conformado por 240 congresistas. Aunque Fujimori ganó la elección presidencial en segunda vuelta con 4.522.563 votos, su partido, Cambio 90, solo alcanzó 14 escaños en el Senado y 32 en la Cámara. Esta débil representación sumada a la incapacidad de agregar otras fuerzas partidistas, derivó en una relación hostil entre Fujimori y el Congreso; al punto, que llegó a tildar a este último como “obstruccionista”. Ya en noviembre de 1990, se empezó a difundir el rumor de una posible vacancia por parte de la oposición usando la denuncia de evasión de impuestos que se presentara contra él durante la campaña de 1990. En marzo de 1991, la revista Caretas, difundió la noticia de que algunos congresistas estaban estudiando la posibilidad de la destitución presidencial. Sin embargo, para la primera mitad de 1991, la oposición y Fujimori no llegaron a enfrentarse de manera definitiva debido a la formación de alianzas provisionales del gobierno con algunas figuras de la oposición aprovechando puntos coincidentes. Ello posibilito que la relación entre Fujimori y el Congreso tuviera leves encuentros; inclusive, las mayorías - articuladas en torno al Partido Aprista y el Frente Democrático - le aprobaron tres periodos de facultades legislativas para avanzar en sus reformas económicas de corte neoliberal (conocidas como el Fujishock, para lo cual se apropió del programa económico del FREDEMO). Pero esto no fue suficiente para quien en medio de una guerra contra Sendero Luminoso - donde se registraron graves violaciones a los derechos humanos - le exigió al Congreso que le aprobara poderes absolutos para legislar. Ante la negativa de las cámaras y tras la aprobación de una ley que limitaría sus facultades, Fujimori optó por disolver el Congreso y anunció la creación de “un Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional” con la finalidad de reestructurar el Estado. Además, contando con el pleno respaldo de las fuerzas militares - entre las cuales su siniestro “asesor” Vladimiro Montesinos tenía mucha influencia -, saco los tanques a las calles, militarizando medios de comunicación, suspendiendo el Poder Judicial y los gobiernos regionales, arrestando a sus principales opositores, y censurando varios artículos de la Constitución de 1979. Consumado el autogolpe - apoyado por amplios sectores de la población, ante la insania terrorista - y tras una inmediata reacción por parte de la comunidad internacional, Fujimori se vio presionado a “reestablecer el orden democrático” y convocó una elección para integrar un Congreso Constitutivo que diseñara una nueva Constitución. Pero este solo sería un paso adicional para acrecentar su poder, ya que una gran mayoría de los partidos que integraban el disuelto Congreso se abstuvo de participar y esto le permitió al fujimorismo, aupado en Cambio 90 y el recién creado Nueva Mayoría, obtener, con 44 de 80 escaños, una mayoría absoluta en el denominado Congreso Constituyente Democrático. De allí salió el mayor legado de Fujimori: la Constitución de 1993 - aprobada mediante un referéndum - y que persiste hasta ahora. De esta forma el otrora “outsider” liquidó al antiguo sistema de viejos partidos tradicionales y reprimir a los sectores opositores, ya que la nueva Constitución amplió sus facultades presidenciales, otorgándole un mayor control sobre las fuerzas militares, permitiéndole ajustar cuentas con los integrantes del pasado Congreso “obstruccionista”, ya que, instó a sus aliados en el Constituyente para convertirlo en un Congreso unicameral con solo 120 miembros. Para 1995 y concentrando todos los poderes, Fujimori se reeligió con 4.798.515 votos. Como era de esperar, su coalición obtuvo mayoría absoluta en el nuevo Congreso. Si bien se declaró vencedor del terrorismo - con la captura de Abimael Guzman en 1992 y el desmantelamiento de SL - así como el del MRTA tras el rescate de los rehenes tras la toma por los terroristas la embajada japonesa en Lima en 1996, la corrupción generalizada de su régimen y el reelegirse de forma fraudulenta el año 2000 precipito su ignominiosa caída, huida del país, posterior captura y condena a prisión. Pero a pesar de las controversias y las críticas, Fujimori logró estabilizar la economía peruana y acabar con el terrorismo en el Perú. No es de extrañar por ello que su régimen dictatorial fuera ampliamente respaldado por sectores de la sociedad peruana que valoraron su mano dura contra el terrorismo, tal como ahora ofrece su hija Keiko, quien ha dicho que pretende “gobernar como lo hizo su padre” para acabar esta vez con el denominado “terrorismo urbano” que campea en el país gracias al conocido lobbysta y Traidor a la Patria, el judío Pedro Pablo Kuczynski, quien abrió las fronteras de par en par a millones de indeseables venezolanos que ingresaron en masa al país andino, desatando el caos y la violencia como nunca antes se había visto. Pero en relación a Fujimori, poco les importo a los peruanos que en ese camino haya liquidado el orden institucional y creado un régimen sumamente corrupto, autoritario y violento. Es indudable que el autogolpe del 5 de abril de 1992 redefinió la política peruana. Para algunos, representó una decisión necesaria para recuperar el orden y la estabilidad; para otros, fue un grave atentado contra la democracia. A 34 años del luctuoso hecho, el debate sigue abierto. Sin embargo, cabe precisar que los crímenes de Fujimori comenzaron mucho antes del autogolpe, precisamente el 3 de noviembre de 1991 - tal como lo detallamos el capítulo anterior, por parte de un grupo paramilitar creado por Vladimiro Montesinos y cuyas actividades salieron a la luz, precisamente con la masacre de Barrios Altos, el cual sería solo el inicio de una larga y sangrienta serie de matanzas y desapariciones de personas, mediante el terror institucionalizado dirigido desde el propio Estado (Próximo capítulo: El Grupo Colina)