Finalmente, luego de una larga espera, el JNE declarará oficialmente este domingo los resultados de la primera vuelta de las elecciones generales llevadas a cabo en el país andino el pasado 12 de abril, y tal como ya se sabía, quienes se enfrentaran en el ballotage el 7 de junio serán Keiko Fujimori (FP) y Roberto Sánchez (JPP), terminando como el gran derrotado de los comicios, un impresentable sujeto apodado “El Camarada Porky”, cabecilla del MRLA, quien fracaso rotundamente en su demencial campaña desestabilizadora, pretendiendo desconocer los resultados de las elecciones, clamando incesantemente ‘fraude’ - que solo cabe en su alcoholizada imaginación - llamando a la insurgencia y amenazando de muerte a las autoridades electorales, e incluso mismo terrorista, se sabe que entre sus planes está el de incendiar las sedes del JNE y la ONPE, durante la anunciada ‘Marcha de los 4 Starbucks’ (tal como hizo Fujimori con el Banco de la Nación en el año 2000), utilizando al lumpen por el contratado y culpar de ello a sus adversarios, por lo cual para evitar que ello suceda, esa agrupación criminal debería ser ilegalizada cuanto antes y cazar a sus integrantes como los terroristas que son. Como podéis imaginar, nos referimos a Rafael López Aliaga, un desquiciado político a la par de delirante, quien anuncia “pruebas” de un ‘fraude electoral’ únicamente en base a especulaciones, con datos que hiperboliza y hasta inventa desvergonzadamente. Un político que lideraba la intención de voto en las elecciones de este 2026 hasta que, el 17 de febrero, decidió apoyar la vacancia de José Jerí, entonces en el poder por mandato del Congreso. Contra todo sentido común, su bancada ingresó entonces una moción para destituirlo, sumándose a otras tantas ingresadas por la izquierda y los caviares, y con sus votos hicieron posible la vacancia. Lo que ocurrió luego es una paradoja: el control de la situación se les fue de las manos y el sustituto de Jera resultó ser un octogenario comunista amigo del golpista Pedro Castillo, posibilitando que quienes fueran sus cómplices, volvieran al poder. Su torpeza política y su evidente falta de visión estratégica le costaron caro; ahí empezó a perder seguidores, la cosa se reflejó claramente en las encuestas. El 1 de marzo, Keiko Fujimori lo pasó en la intención de voto y entonces él advirtió: “Si yo no gano, denunciaré fraude”. Lo dijo más de cuarenta días antes del 12 de abril y sus palabras están registradas en todos los archivos. Las cifras lo mortificaron al punto de que le cambiaron el humor y empezó lanzando improperios e insultos contra las encuestadoras y los medios. Él, obviamente, cree que no había cometido ningún error. Sin embargo, su carácter ya lo había vencido. A las pocas semanas, visitó Abancay y, cuando se disponía a exponer sus propuestas, un grupo de contramanifestantes de izquierda le salió al encuentro para pifiarlo. Al momento de que su seguridad tuvo que retirarlo del estrado, en lugar de lamentar la intolerancia de la que era objeto, les respondió agresivamente: “Gente de mier***, gente basura, odiadores de mier***, por culpa de esta gente de mier*** el Perú no camina”, lo que ocasiono que, ofendidos, fuera echado a pedradas de la ciudad. A los pocos días, en la ciudad de Satipo, dijo en un mitin que los militares permanecen en los cuarteles “haciendo estupideces”. Sus expresiones ofendieron a toda la familia militar y provocaron un rechazo muy amplio en la ciudadanía. Aquello lo obligó a publicar un comunicado diciendo que sus expresiones habían sido “sacadas de contexto” pero nadie le creyó. Fue su intolerancia y su falta de respeto para con los demás las que le hicieron perder la posición que tuvo de puntero en las encuestas al inicio de la campaña; al final quedó tercero y no pasó a la segunda vuelta. Entonces, cumplió con lo que había anunciado: gritó ‘fraude’ y acusó de sus errores a los organismos electorales, a las encuestadoras, a los medios, a los otros partidos políticos, a la prensa... menos a el mismo. Pero para su desventura, ningún observador independiente, nacional o internacional, encontró pruebas objetivas de que hubo ‘fraude electoral’. Su fracaso lo ha llevado a verter amenazas contra el presidente del JNE, acusándolo de cómplice del ‘fraude’, profiriendo procacidades de carácter sexual en su contra y, por último, burlándose de él por su discapacidad física. El cristiano que se precia de serlo, tiene la vocación incontrastable de servir a Dios, pero este se burla de un problema físico que aqueja a otro ser humano y, además, difama y calumnia a decenas de personas, porque simplemente no le dan la razón en su locura fraudista. Y lo peor es que ahora insulta, ataca e induce a sus seguidores a votar contra la candidata de Fuerza Popular, la única alternativa que le queda al elector de centro y centroderecha para no volver a sucumbir a la desgracia radical y populista que hoy gobierna “gracias” a sus maniobras. La llama vaga y la increpa en sus mítines. “Le digo una cosa, señora Fujimori: usted sabe bien que me están robando las elecciones. Usted sabe bien que va a perder las elecciones y usted sigue, usted pierde con un panetón, señora. Es la cuarta vez que va a perder”. Fuera de realidad, insiste en una teoría conspirativa que no exhibe sustento sólido. Abunda en emociones, sospechas y agresividad, pero sigue sin presentar pruebas irrefutables “de un plan maestro para manipular deliberadamente el voto”, como él y su gente repiten sin cesar. Peor aún: la teoría muta constantemente ante la imposibilidad de demostrarse. Cambia de culpables, de mecanismos y de magnitud sobre la marcha. Esa naturaleza amorfa debería ser el primer indicio de su inconsistencia. En efecto, la pataleta que siguió a continuación, desnaturalizo su absurdo reclamo. Como sabéis, esa burda teoría fue mudando conforme se le derrumbaban sus ridículos argumentos. Primero fue “una mafia tomando el control de la ONPE”. Luego, “las demoras en instalar mesas”. Posteriormente apareció la oferta del millón y medio - lo cual de por si es un delito - a quienes demostrasen la existencia de votantes imaginarios que no pudieron sufragar. Obviamente, como nadie se presentó debido a la inexistencia de pruebas, comenzó a reclamar la auditoría del software en abril, el mismo que no se quiso revisar en marzo. Luego, llegaron las aparentes “actas fantasmas de la serie 900k”. Última versión que sigue en mutación constante. Ya se explicó cuál es la función de esa serie, facilitar el voto de los más pobres con acceso difícil a centros de votación, y hasta se han elaborado prolijos mapas demostrando que el voto rural que recogen responde a la naturaleza fragmentada y profundamente desigual del país. Su implementación está habilitada por la Ley Orgánica de Elecciones desde hace 20 años y es falso que en ellas puede votar cualquiera: votan solo los que están en el padrón. Son más de 800,000 peruanos que votan como votan porque sienten que Lima no los reconoce. Olvidados y maginados, ellos jamás votarían por quienes los desprecian y los ven, literalmente, como fantasmas. Exactamente lo que está ocurriendo ahora. Aquí es donde la teoría fraudista termina cerrando el círculo de su propia intolerancia: en su versión más extrema pide anular esos votos, contradiciendo el mismo artículo 31 de la Constitución que invoca para defenderse: todo acto destinado a limitar el derecho al voto es nulo y punible. Pero la Constitución suele ser un documento muy inspirador... hasta que deja de favorecerte. Esta intoxicación fraudista, cargada de emotividad y furia, tiene desbordado a López Aliaga, quien repetimos, lideró durante meses las encuestas, pero terminó saboteando su propia posibilidad de victoria al unirse a la izquierda y los caviares para vacar a José Jerí y convertir la agresividad en estrategia política permanente. Más que acopiar errores intelectuales - que también abundan - el fraudismo cumple hoy una función emocional para un amplio sector ciudadano exhausto de experimentos populistas que, como el gobierno de Pedro Castillo, solo profundizan pobreza, frustración y miedo. López Aliaga necesita desesperadamente que se crea en el ‘fraude’ porque la alternativa sería aceptar una derrota autoinducida. Pero sí existe un fraude real, sostenido y documentado: es el que se comete contra la propia capacidad de razonar. Cuando la sospecha reemplaza a la evidencia y el rumor ocupa el lugar de los hechos, la inteligencia abdica y se entrega al alivio emocional que ofrece la manada. La incertidumbre política - incómoda, compleja y frustrante - deja entonces de enfrentarse con el pensamiento crítico y pasa a drogarse con relatos tranquilizadores donde siempre existe un villano oculto. En la falaz narrativa de López Aliaga ese adversario ha oscilado del comunismo a Ipsos, de los caviares al Foro de Sao Paulo, de Samuel Dyer a Venezuela, de Gustavo Gorriti a Rosa María Palacios, y a todos aquellos que lo critican, a quienes nos ve como sus enemigos. Se trata en realidad de una explicación portátil para no aceptar algo mucho más simple: su aplastante derrota. El problema no es solo político, sino intelectual y moral. Una democracia puede sobrevivir a una elección reñida, a un conteo lento o incluso a errores humanos monumentales. Pero lo que resiste peor es la renuncia colectiva al criterio. Ahí nace el verdadero fraude: no en las urnas, sino en el instante en que una persona decide que sus temores merecen más confianza que la realidad verificable. Mientras se dinamita la democracia con la cultura de la sospecha, el insulto y el berrinche, amenazando con llamar a la insurgencia y desatar la violencia en las calles de Lima, le ha allanado el camino a un candidato camaleónico como Roberto Sánchez que ya pasó a segunda vuelta sin creer necesariamente en la democracia. El delirio fraudista de López Aliaga, que además ataca y ningunea a la candidata Keiko Fujimori - a quien insulta cada vez que puede - está convenciendo a muchos electores de que frente a ese extremismo mostrado propio de un demente, una opción izquierdista como la encarnada por Roberto Sánchez, es una alternativa descartable bajo la candidez de que luego será vacado por el Senado, sin imaginar que este no es el idiota de Pedro Castillo, ya que de ganar, de seguro está preparando un plan con Antauro Humala para adelantárseles, y cerrar el Congreso apenas se coloque la banda presidencial. Si se atreven a protestar, los reservistas etnocaceristas - quienes estarán formados en la Plaza Bolivar listos para entrar en acción - ocuparan el hemiciclo y a punta de patadas y balazos, los echaran del lugar y cierran ese circo. El fraudismo no sabe para quién trabaja. O quizá sí. Tipo Sansón derrumbando el templo y que se perjudiquen todos. Eso sería bastante peor... y todo “gracias” otra vez, a López Aliaga (A tener cuidado con este puerco, que amenaza con “incendiar Lima” por quedar fuera de los comicios. Que se atreva a hacerlo y vera lo que le espera)